El otro vecino, Don Ismael Treviño era igualmente rico, pero su alma era oscura y envidiosa. Le pesaba el bien ajeno. Especial, el de Don Fermin.
En el corazón de don Ismael entró el odio por aquel hombre y llegó el día en que anheló verlo muerto. Le preparó un pastel con veneno a Don Fermín, Fermín degustó el regalo junto a su humeante taza de chocolate esa mañana…
Después, Don Fermín entró a la iglesia con la lenta majestad que le caracterizaba, saludó a todos como de costumbre y escuchó atentamente la misa, al terminar esta, se encaminó al Cristo y rezó sus oraciones. Se inclinó con una humilde reverencia hacia los pies para besarlos y apenas lo rozó con los labios, una mancha negra como el ébano se extendió sobre la pálida figura.
Todos se espantaron pero quien tembló de pavor fue don Ismael, quien al instante corrió a arrodillarse ante don Fermín y a gritos le confesó su envidia y cómo había planeado asesinarlo. Estaba claro que el Cristo, para proteger a don Fermín, había absorbido aquel veneno y como evidencia había transformado su color.

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